La mujer en la segunda etapa de su vida

Aportación al IMP por Juan Antonio Díaz Becerra

Por mucho tiempo se había sostenido que las experiencias infantiles, y a lo sumo las de la adolescencia, eran los cimientos esenciales en los que se basaban las vivencias de la adultez, pero la mitad de la vida, entre los 35 y los 45 años aproximadamente, señala un punto crucial de cambio en el desarrollo del ser humano que debe ser considerado.

La vida humana puede compararse con el recorrido del sol. Por la mañana asciende e ilumina el mundo. Al mediodía alcanza su cenit y sus rayos comienzan a disminuir y decaer. La tarde es tan importante como la mañana. Sin embargo, sus leyes son distintas. Para el ser humano esto significa el reconocimiento de la curva vital que desde su mitad ha de ajustarse a la realidad interior en lugar de la realidad exterior. Ahora se exige la reducción a lo esencial, el camino hacia lo interior, la introversión en lugar de la expansión.

Esto plantea a la mujer, objeto de este artículo, un sinfín de tareas que sí fuera posible generalizar serían:

  • Deberá, en lugar de estar como hasta entonces a la escucha de las expectativas del mundo, prestar su oído a la voz interior y poner manos a la obra del desarrollo de su personalidad interior.
  • Dejar de aferrarse crispadamente a su personna (Mascara), a la identidad sin humor, a la profesión, a las ocupaciones, a lo conocido, a lo habitual (de ahí el apego a aspectos o cosas que pueden dificultar su individualidad). Esto implica, centrarse en lo relevante, en lo esencial, en sí misma.
  • Se debe aceptar la sombra (lo inconsciente), aquellos aspectos de la personalidad que durante la primera mitad de la vida habían sido rechazados. Pero es frecuente que en la segunda mitad de la vida, la mujer cree que por fin se puede vivir lo reprimido. Pero en lugar de integrarlo se cae victima de lo no vivido y se reprime lo hasta entonces vivido. Así permanece la represión y solamente cambia de objeto. Con la represión continúa la perturbación del equilibrio. Se sucumbe al error pues un valor opuesto ha abolido el valor que hasta entonces tuvo vigencia. Pero ningún valor ni ninguna verdad de nuestra vida se puede negar sin más con su contrario sino que más bien son correlativos. Con ello, se puede observar que lo que se debe hacer en la segunda mitad de la vida no es vivir lo rechazado, lo no vivido, sino integrar ambas cosas: lo vivido (que nos da experiencia) y lo no vivido (los deseos), lograr una unidad, una totalidad.
  • En la segunda mitad de la vida la mujer debe confesarse y decirse que todo lo que le atrae del hombre lo lleva en si misma. Descubrir que tiene muchas capacidades que no ha explorado ni explotado, y que ello la pudieron haber conducido a que dependiera enormemente del hombre (padre, esposo, etc.).
  • Para la mujer, en esta etapa de su vida, las exigencias laborales, ascéticas y morales son importantes para salir desde su ser maternal, cobijante y protector y llegar al empeño práctico y a la responsabilidad.
  • El verdadero problema que el ser humano enfrenta en la segunda mitad de su vida es, en última instancia, su actitud ante la muerte. La curva psíquica de la vida en su declinar marcha hacia la muerte. Es frecuente que la mujer, en lugar de mirar hacia adelante, a la meta de la muerte, mire hacia atrás, al pasado. Mientras deploramos que un hombre de treinta años mire nostálgicamente a su infancia y permanezca pueril, la sociedad actual admira a las mujeres maduras que tienen aspecto juvenil y se comportan como jóvenes. Un signo típico de la angustia ante el futuro en la mujer es el aferrarse al tiempo de la juventud. ¿Quién no conoce a esas conmovedoras personas que evocan constantemente sus tiempos de estudiantes y que solamente en esa memoria de sus heroicos tiempos homéricos pueden encender la llama de la vida, pero que por lo demás están acartonados en un filisteismo sin esperanza?

Es indudable que estas no son las únicas tareas que la mujer debe enfrentar en la segunda mitad de su vida, sino son simplemente para que la mujer reflexione sobre sí misma y empiece el largo camino de su autodescubrimiento. Una tarea llena de riesgos, pero también llena de promesas. Exige menos conocimientos psicológicos y más autoconocimiento y reflexión.

A medida que la mujer vaya despertando de su largo letargo y se vaya sacudiendo las cadenas impuestas por el hombre y la sociedad, se irá dando cuenta de dos cosas: primero, que no es tan difícil ni tan arriesgado romper con lo establecido. Segundo, que la base fundamental de su confinamiento, los “valores” religiosos y morales tradicionales, el temor al castigo “divino”, es una pura patraña inventada por el hombre que se sacó de la manga un “dios machista” y toda una serie de preceptos obligatorios.

Entonces, a la mujer sólo le queda un último escollo, ella misma, pero paradójicamente el resultado de esta autoconfrontación es aceptarse a si mismas, ser capaces de reconciliarse consigo mismas y por ello se reconcilian también con las circunstancias y los acontecimientos contradictorios.

Así, la liberación que la mujer debe lograr en la segunda mitad de su vida pasa por el reencuentro con Dios (No un Dios externo, impuesto, sino el descubrimiento de la disponibilidad para volverse hacia el interior para oír al Dios que está en nosotros), descubriendo su naturaleza femenina, y por la potenciación de lo femenino, energía que deberá envolverlo todo, compenetrarlo todo, y que implica que muchos conceptos y valores sean transformados, incluso en la mente de la misma mujer, porque su forma de pensar, y de vivir, emana de una educación machista, siendo en muchos casos, la mujer, la primera en poner trabas a su propia liberación.
La liberación de la mujer ya está en marcha y no tiene vuelta atrás. Y aunque todavía quede la mayor parte del camino por recorrer, ya surgen atisbos de lo que será un mundo en el que las mujeres ocupen el lugar que les corresponde.

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